Agosto es el mes en el que, en nuestro país, hacemos casi todos las vacaciones. No hay colegio ni actividades extraescolares, muchas empresas industriales cierran sus oficinas y en el campo se han recogido muchas de las cosechas. Mientras tanto, en la mayoría de nuestros pueblos y ciudades se celebra a sus patronos y el sector del ocio funciona a pleno rendimiento.

Es un mes en el que dejamos nuestras dedicaciones del resto del año y en el que buscamos un cambio de actividad, de lugar, de hábitos, de paisajes, que se convierten en un ansiado paraíso. Un traslado que puede ser más lejos o más cerca, a un lugar ya conocido o por el contrario a un nuevo destino. Así todos iniciamos una pequeña aventura: nuestra pequeña o gran odisea de verano. Es divertido que en castellano haya quedado la expresión “¡una odisea!” para referirnos a algo costoso y lleno de vicisitudes, pero con un final logrado. No podemos negar que para algunos sus vacaciones acabarán cumpliendo esta expresión.

En el artículo de este mes te proponemos un viaje, al hilo de la Odisea, siguiendo los pasos y peripecias del famoso Odiseo —Ulises en el mundo romano—, para gozar de la aventura de explorar y descubrir jardines mitológicos.

 

Creta, Grecia.

 

El viaje de Ulises por el mediterráneo

Centrándonos en la historia de Homero, Telémaco —hijo de Ulises—, para intentar hacer frente a los pretendientes de su madre, llega a Esparta para buscar información sobre el paradero de su padre. Menelao y Helena le informan que su padre está vivo y que está retenido por la ninfa Calipso.

Ulises había llegado solo y exhausto a la mítica isla de Ortigia, que se sitúa en el Mediterráneo occidental, y más concretamente en Ceuta. Todos sus compañeros habían ido muriendo a lo largo de las múltiples pruebas y aventuras sufridas durante la navegación de regreso de la guerra de Troya. Su barco yacía en el fondo del mar, un rayo enviado por Zeus fue el castigo a la tripulación por haberse comido el ganado del dios Helios en la isla del sol, allá en Sicilia.

En la isla habita una ninfa, Calipso, que se enamora de nuestro errante viajero y le entretiene durante siete años. Le proporciona bebidas y manjares exóticos, además de su lecho. Su red de araña incluye también su fascinante vergel privado. Según Santiago Beruete en su libro Jardinosofía dice que ‘un jardín conspira para atraparnos, es una estrategia cuidadosamente urdida para seducirnos e, incluso, llegar a hacernos olvidar la realidad. En definitiva, se trata de un engaño que busca nuestra aquiescencia.’

 

El jardín fascinante de la ninfa Calipso

Homero cuenta que la ninfa enamorada vive en una cueva rodeada de chopos, álamos y cipreses aromáticos, visitados por un gran número de aves. Un paraíso de sombras y frutos, cánticos y agua. Además, sus descripciones afirman la presencia de una viña floreciente, rica en frutos sabrosos y origen de vinos dulces y aromáticos que debían diluirse con agua. El jardín tenía una fuente de agua pura y fresca, un manantial de cuatro brazos que se extendían en cuatro direcciones por aquel espacio de naturaleza embaucadora, y que regaban verdes prados de violetas y de apio. Esta última especie tenía poderes afrodisíacos y era utilizada como corona de atletas y de héroes, se consideraba sagrada y portadora de buena suerte.

 

La nostalgia de Ulises

Con todo, Ulises añora a Penélope y decide envejecer y morir junto a su verdadera amada, a pesar de que Calipso le ofrece la inmortalidad si permanece con ella. Al final, la ninfa entristecida le regala madera, provisiones y el conocimiento de aquellas estrellas a las que seguir para poder llegar a Ítaca. Sin embargo, la balsa que Ulises construye no le sirve para mucho, pues Poseidón continúa enojado con él por cegar a su hijo Polifemo y la hunde pocos días después de su partida. Ayudado de nuevo, esta vez por una nereida del mar, Leucótea, consigue llegar nadando a la isla de los feacios, a Esqueria.

 

Poseidón, Dios de los Mares.

 

¿Estaban inspirados esos jardines en los de la cultura minoica?

Homero, para el asombro de sus oyentes, nos describe unos jardines maravillosos, ¿de dónde recogió su inspiración?, ¿había visto tal vez jardines así? A mí me gusta pensar que esta última isla, la que nombra como Esqueria, es Creta. Todos conocemos que esta isla fue la cuna de la civilización minoica. Cuadra saber cómo era la famosa ciudad de Knossos y tener en la cabeza su gran palacio. Quedamos asombrados por las dimensiones de los edificios con más de 21.000 m2, 1.500 salas y edificaciones de tres pisos, ¡todo construido hace más de 4.000 años!

Sus jardines serían también espectaculares y fuente de inspiración para la cultura micénica, es decir, para los antiguos griegos del continente que se asentarían en la isla 500 años después. Los griegos admiraban la naturaleza y quedaron deslumbrados por los interiores y los exteriores de esta maravilla del mundo antiguo. Los detalles de fauna y flora conservados en las paredes del palacio, como la rosa canina dibujada en uno de sus frescos, en el del pájaro azul, da muestras de la sensibilidad y del gusto por la vida y la naturaleza de esta civilización. Homero los describe como no interesados en el arte de la guerra, sino en el comercio, cultura y tradiciones (añadir que a la península nos toca algo de su culto al toro).

Homero apunta poéticamente: ‘Porque los feacios no se interesan por arcos ni carcajes, sino que dedican sus energías a los mástiles y los remos, y a las bellas embarcaciones que gustan de navegar por los mares cubiertos de espuma’.

Homero actualiza las leyendas de Knossos, describe que en el exterior del palacio, junto a las puertas, hay un gran jardín de cuatro yugadas y que lo encierra un seto —una yugada era la superficie que una pareja de bueyes podía trabajar en un día—. El extenso y ordenado jardín tiene innumerables perales, granados, manzanos de espléndidas frutas, dulces higueras y verdes olivos. Éste último árbol tan propio de la cultura griega será la clave para que más adelante Penélope acabe reconociendo a su marido. Los frutos están en sazón tanto en invierno cómo en verano. El soplo del viento céfiro —viento que procede del oeste— ayuda constantemente para producir unos y madurar otros. Se dice que en este jardín la pera madura sobre la pera y la manzana sobre la manzana para ilustrar su fecundidad. Es un jardín pródigo en uvas y las higueras no paran de producir. Lugar de vino, de pasas, y dotado de un huerto con legumbres de toda clase siempre lozanas. Acaba describiendo dos fuentes, una para el huerto y la otra hacia la excelsa morada de su rey, que acaba saliendo por debajo del umbral, para dar agua a todos los ciudadanos.

Se sabe que el palacio de Knossos era el centro de la vida de la sociedad minoica, un lugar de poder y de concentración de las riquezas de su gente y, a la vez, punto de distribución de los bienes y recursos entre sus habitantes.

 

Palacio Minoico de Knossos.

 

La difícil llegada a Ítaca, la vuelta a casa

En la historia homérica, el rey feacio Alcínoo, propietario de este mítico jardín y nieto de Poseidón, también ayuda a Ulises a seguir con su regreso a casa tras escuchar las penalidades de su viaje. Un barco de Alcínoo es el que acaba llevando a Ulises a su amada Ítaca. Nuestro héroe no tendrá un recibimiento fácil, deberá hacer frente a los problemas y traiciones urdidos por parte de los pretendientes de Penélope y de sus posesiones.

A nosotros nos puede pasar igual que a Ulises, después de vivir durante un tiempo en nuestro paraíso, el regreso de nuestras odiseas puede que se nos haga duro. Hemos vivido fuera de nuestras rutinas y ambientes habituales y nos acostumbramos al descanso y la buena vida, a los encantos y embrujos de nuestros jardines mitológicos. Pero el triunfo está en regresar y en volver a disfrutar de nuestra cotidianidad, haciendo frente a nuestros problemas y retos, que para eso descansamos y cargamos energías. Tengo un amigo que habla de ser felices sabiendo encontrar lo extraordinario en lo ordinario.

 

Manel Vicente Espliguero
Paisajista