Los árboles, esos seres extraordinarios

Quién no se ha quedado maravillado ante un árbol centenario alguna vez, ¿no es cierto? … Los árboles son esos seres poderosos y extraordinarios, que nos observan silenciosos, imponentes, enraizados en la tierra y desplegados al cielo en todas las direcciones. Son, de hecho, supervivientes de unas épocas que nosotros no hemos vivido y que además sobrevivirán a la nuestra. Por ello, su presencia nos interpela sobre nuestra propia temporalidad. Plantar un árbol es vencer a la muerte, ya que éste seguirá vivo cuando nosotros nos hayamos ido.

Un viaje por la historia de la tierra y las civilizaciones a través de los árboles

No es por ello extraña la veneración que muchas civilizaciones les han profesado. En Europa, entre otras civilizaciones, celtas, íberos, griegos, romanos, germanos y sajones practicaban la dendrolatría, esto es, la adoración a los árboles o los bosques. Y, poniendo un ejemplo más cercano, en la religiosidad judeocristiana el jardín del Edén está presidido por el árbol de la ciencia y el árbol de la vida.

Los árboles tienen un largo pasado, un ingente recorrido de millones de años y hoy vamos a repasar su singladura sobre la faz de la tierra:

Los helechos son los abuelos de todos los árboles

Podríamos decir que los helechos, hace ya más de 350 millones de años, en el período carbonífero, descubrieron como hacer hojas y raíces, y que algunos separaron estos elementos por un tejido de sostén que utilizaron como soporte para elevarse sobre sus competidores. Unos enormes helechos de más de 20 m de altura y con 1,70 m de diámetro de tronco fueron los antepasados de los primeros árboles. Los helechos, entonces, empezaron a producir las primeras semillas evolucionando en otras especies, cuando hasta entonces la reproducción era por esporas y con el concurso del agua. Entre otros, apareció el conocido Ginkgo biloba, que durante el periodo jurásico formó extensos bosques en la China Central. Hoy en día, es un fósil viviente de más de 300 millones de años y por ello, sus semillas son muy primitivas: si en el otoño en el que se producen no germinan y enraízan, morirán, ya que éstas no saben cómo hibernar.

Las secuoyas y araucarias, todas ellas coníferas, protagonistas del jurásico

Más tarde serán las coníferas las que encontrarán la manera de hacer semillas que sobrevivan en latencia para durar más tiempo y germinar en condiciones climáticas más ventajosas. Se convertirán en las especies protagonistas del jurásico. Las coníferas ya no dependen del agua para reproducirse y pueden alcanzar los 100 m de altura, y aparecen las primeras secuoyas y las araucarias.

La singular y preciosa magnolia, la abuela de las flores

Las primeras flores no llegarán hasta el final del Jurásico. La magnolia nace hace 140 millones de años y ha llegado sin grandes cambios hasta nosotros desde el continente americano. Por eso tiene unas flores tan características y singulares. Este es el periodo en el que comienza la gran aventura de los aromas y de los colores, de las asociaciones de las plantas con los insectos o la de su utilización para la polinización.

Árboles tan nuestros como fresnos, hayas o robles sobrevivieron a los dinosaurios

En un tiempo récord, geológicamente hablando, de 50 millones de años, estos vegetales pasan de ocupar las zonas tropicales a extenderse por toda la tierra. Las fanerógamas, plantas con flor, acabarán dominando la tierra, relegando a las coníferas a un número muy reducido de especies, que pasarán de 20.000 a las 600 que conocemos en la actualidad. Aparecen los olmos, fresnos, hayas, robles, chopos, sauces, plátanos y abedules. Todos ellos sobrevivirán a la extinción de los dinosaurios y de un gran número de especies.

En el terciario la tierra se pobló de frondosas y los continentes se llenaron de diversidad

Durante el terciario, era iniciada después de la gran destrucción, las frondosas serán las grandes protagonistas, aparecen los nogales, alisos, tilos, arces y castaños que cohabitaran en Europa con palmeras, laureles, bananeros y ceibas o palos borrachos, gracias a un clima más suave y tropical. Es el momento de la formación de los Alpes, y del Himalaya.

Con la llegada del mioceno, hace 24 millones de años, el clima se hace más frío y las especies más tropicales desaparecen. Llega el momento del abeto, el cedro, el alerce, de los carpes, avellanos y de nuestro querido olivo.

El Homo Sapiens apareció en un entorno vegetal muy parecido al actual

El enfriamiento del planeta continuará y ya en el cuaternario la sucesión de fríos muy intensos de las diferentes glaciaciones. Entorno a una vegetación muy parecida a la que conocemos actualmente aparecerán, hace unos 5-7 millones de años, los primeros homínidos y a 2 millones de años de nuestra época el Homo erectus, antecesor de los neandertales, los denisova y los sapiens. Estos últimos, es decir, nosotros, apareceremos hará unos 315.000 años, sobreviviendo a las dos últimas glaciaciones.

Nuestros antepasados hallaron en los árboles protección, cobijo, comida y sentido de identidad

Elucubrando sobre el origen de nuestra instintiva admiración por los árboles, serán estos antepasados homínidos los que aprenderán a buscar refugio y protección no en los bosques o en las sabanas, ni tampoco en las cuevas o en las montañas, sino en las zonas límite del bosque y la sabana, en las franjas donde conectan una y otra, donde a la vez hubiera un acceso fácil al agua. Se buscaban grandes árboles para facilitar la protección, y no solo eso, sino también seguridad, alimentos, materiales, sentido de orientación y de pertenencia.

Acabada la última glaciación hace 10.000 años el Homo sapiens abandonará las cuevas habitadas en los lugares más castigados por la climatología y retornará a recuperar su idilio con la naturaleza. Comenzará a ser agricultor y los árboles serán fuente de materias primeras, de frutos y de otros bienes.

Los egipcios serán los primeros en ‘domesticar’ plantas como: el trigo, la cebada y el olivo de una manera metódica, seleccionando y conservando las variedades que más interesaban. En oriente, China e Indonesia harán lo mismo con el arroz, el frijol y la soja. En América será el maíz y la mandioca. Los Sumerios, hace 5000 años, comienzan a trabajar de manera intensiva la tierra y a regar. En muchos casos los grandes árboles se convertirán en puntos clave para los asentamientos, serán señal de identidad. Despertarán en nosotros valores sociales, espirituales y religiosos.

El inicio de las grandes ciudades nos llevó a ‘domesticar” también a los árboles, hasta ahora

Con el nacimiento de las ciudades pasaremos de ser cuidados por los árboles, a cuidarnos de ellos. En Catal Huyuk (ciudad establecida en el año 7500 a.C. en la actual Turquía) se cultivaban tres variedades de trigo, frutas y nueces. Es una primera referencia que apunta el tiempo que llevamos trabajando los árboles. Los primeros trasplantes de los que se tiene referencia son de la reina egipcia Hatshepsut, y de esto hará unos 1500 años. Los romanos, con técnicas aprendidas de las tierras incorporadas al imperio, ya practicaban la topiaria y la poda de árboles y frutales. Técnicas perdidas durante las invasiones bárbaras. Los árabes mantendrán y perfeccionarán estas técnicas, que los monjes benedictinos de Cluny y del Císter recuperarán y extenderán por la Europa cristiana durante la edad media. A finales de los años 70 un americano de Dunquerque, Pennsylvania, daría las pautas del comportamiento de los árboles a heridas y podas. Se abrió así las puertas a trabajar los árboles de una manera mucho más técnica y apropiada. Alex Shigo será el padre de la arboricultura moderna.

Los árboles, esos gigantes de la naturaleza, son seres supervivientes y extraordinarios

Los árboles que han llegado hasta nosotros después de una gran singladura y que admiramos, son los ejemplos más competitivos del reino vegetal. Su altura y longevidad les confieren una gran ventaja sobre las demás plantas. Solo en lugares de grandes fríos y falta de agua es donde no prosperan.

Llevamos muy poco tiempo con ellos, ya que nuestros bosques son muy recientes, las píceas no tienen más de 3.000 años, los abetales como máximo 5.000 años y los robledales más longevos no tienen más de 25 generaciones de árboles. Por eso no los conocemos suficientemente, se nos escapan de nuestro ciclo vital y por ello muchas veces, en nuestro afán por los resultados inmediatos, la economía de nuestras acciones o la visión a corto plazo y efectista, los acabamos perdiendo o malogrando. Sin la intervención del hombre estos seres volverían a ocupar la mayoría de la superficie de la tierra, no tengáis ninguna duda, ¡son seres extraordinarios, ya que han superado cambios climáticos y varias extinciones globales!

Manel Vicente Espliguero
Paisajista

2019-12-17T09:51:47+00:00 diciembre 10th, 2019|Diseño de jardines|Sin comentarios

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