Justo a la vuelta del año, y en medio de las fiestas donde nos reunimos para celebrar la Navidad y otras muchas tradiciones, el reino vegetal y la naturaleza tiene un protagonismo que quizás desconocemos. Hoy lo vamos a descubrir para vosotros, en un repaso por la historia:

El día de Navidad está conectado al solsticio de invierno

Primero hay que decir que, curiosamente, durante los primeros siglos después de la muerte de Jesucristo los cristianos no celebraban la Navidad. Se conocía la fecha de su muerte, pero no la de su nacimiento, que es lo que significa esta palabra: ‘nativitas’. Es en el siglo III, en una iglesia todavía escondida de las autoridades romanas, cuando se comenzó a celebrar el 25 de diciembre. Se utilizó la fecha en la que muchos pueblos precristianos de diversas procedencias celebraban el solsticio de invierno y no podemos olvidar que Roma era la capital de un imperio a la que llegaban infinidad de esclavos, muchos del Norte de Europa. En estas fechas se celebraba el momento en el que la luz volvía de nuevo y por metáfora se asoció con la llegada de Jesús y el destierro de las tinieblas.

Es curioso que los romanos del 17 al 24 de diciembre celebraban al dios Saturno y que el 25 era el día del sol invicto, divinidad representada por un recién nacido, en este día había fiesta incluso para los esclavos. Así los cristianos de Roma lo tuvieron fácil para adoptar y transformar estas fiestas dándolas una lectura según su fe.

Los abetos y su forma triangular, seres sagrados a los que adornar o el misterio de la Trinidad

Los pueblos nórdicos consideraban a los árboles seres sagrados y en el solsticio adornaban el árbol más alto y poderoso del bosque con luces y frutos, las raíces comunicaban este mundo con los reinos de los dioses, donde se encontraban Thor y Odín.

San Bonifacio supo aprovechar estas creencias y la silueta triangular de los abetos para explicar a estos pueblos el misterio de la Trinidad. Así los frutos colgados del árbol significaban los dones del Espíritu Santo a los hombres. Se colocó una estrella que recordaba a la que guió a los Magos de Oriente a Belén, que sería Cristo, luz del mundo. Su tronco se identificó con el árbol del Paraíso, el de la ciencia del bien y del mal, o el de la Cruz, y por ello, árbol de la Vida.

En el siglo XV los fieles comienzan a instalar los árboles en sus hogares y a sus pies los niños encontraban los regalos que traía el niño Jesús. Hay referencias de esta costumbre en Alemania hacía 1605, en Finlandia cerca del 1800 y en nuestra tierra fue en Madrid, en 1870, donde la princesa Sofía Troubetzkoy casada con Don José Osorio y Silva, marqués de Alcañices, lo introdujo.

Se utiliza siempre un árbol perenne, una conífera. Entre los más habituales están el abeto noruego, Abies nordmanniana, el abeto de Masjoan, Abies x masjoannis, el abeto blanco, Abies alba o la pícea (Picea abies) por su gran potencia y velocidad de crecimiento, muchos de ellos producidos en las fincas forestales y agrícolas del municipio de Espinelves para esta festividad. En nuestra casa es muy conocida la ‘Fira del avet d’Espinelves’.

La adaptación de la celebración del solsticio de invierno en Cataluña: el Tió de Nadal

En Cataluña se adaptó a la Navidad la costumbre de celebrar el solsticio de invierno con la entrada a los hogares de un gran tronco que daba luz y calor. Fue el origen del ‘Tió de Nadal’, un tronco que se quemaba, y que con el tiempo también traería dulces y turrones. Antes de la Misa del Gallo, el 24 por la noche, se le canta y se le pega con un bastón para hacerle cagar sus regalos y alegrar a los más pequeños.

La tradición del construir un Belén nació en una Santa Misa de San Francisco de Asís

El uso del Belén es muy antiguo, arranca en la localidad de Greccio, Italia, en la Navidad del 1223. San Francisco de Asís celebró la Santa Misa del 25 de diciembre en una cueva, adornada con un niño de piedra y dos animales vivos, un asno y un buey. A partir de entonces, esta representación doméstica del misterio de la Natividad se fue difundiendo por todo el mundo gracias a los monjes franciscanos. La imaginación de los artistas y de las clases populares fue haciendo el resto. El musgo, las piñas, el tomillo, las viñas y las espigas secas de umbelíferas, la hiedra, la hierba, la paja, las hojas y sus colores…todo tuvo y tiene entrada si sirve para representar paisajes y mundos a escala o en miniatura.

Papá Noel llegó hasta nosotros escrito en un poema


San Nicolás fue un obispo cristiano del siglo IV que según la tradición ayudó mucho a los niños y a quien también se le atribuyen milagros, perviviendo su devoción tanto en occidente como en oriente. Pronto se asoció el santo a los regalos que los niños recibían por Navidad. Pero no fue hasta el 24 de diciembre de 1822 que un pastor protestante holandés, Clément C. Moore, inspirado por un vecino muy corpulento, cordial y efusivo, el guarda Jan Duychinck, que le entretuvo esa tarde explicándole tradiciones navideñas de su tierra y sobre SinterKlaas (Santa Claus), escribiera un poema para sus tres hijas sobre un encuentro imaginado aquella noche con el obispo San Nicolás. Desde entonces esta tradición se ha ido enriqueciendo y transformando en el Papá Noel que todos conocemos, mezclándose tradiciones nórdicas y americanas por todos conocidas.

Las plantas de Navidad son rojas y verdes y las coronas de adviento celebran la vida

Los colores de la navidad se han fijado en el verde y en el rojo, y por ello muchas plantas que los reproducen han quedado asociadas a estas fiestas: Las conocidas flores de Navidad o ponsetias (Euphorbia pulcherrima), el acebo (Ilex aquifolium) que tradicionalmente era un árbol sagrado de los druidas celtas, el cactus de Navidad (Schlumbergera truncata), propio de tierras latinoamericanas, o plantas más de nuestras latitudes como el rusco (Ruscus aculeatus).

Las coronas de adviento, colgadas en muchas puertas o cercanas al altar de las iglesias, donde se encienden cuatro velas, una cada domingo anterior a la Navidad, están hechas de plantas perennes como la hiedra, las ramas de tejo, acebo, abetos o píceas simbolizando la vida, la salvación y la eternidad.

Besarse bajo el muérdago: símbolo del eterno amor

Para acabar citaremos una planta sagrada entre los druidas celtas, base de muchos remedios curativos y poderosa en el amor según mitos y legendas: el muérdago, tan divulgada en las obras de Uderzo y Goscinni en sus libros de Astérix y Obélix. Planta bajo la cual, colgada durante estas fiestas en las entradas de nuestros hogares, la tradición pide que nos demos un beso para así perpetuar nuestro amor.

¡Felices fiestas y Feliz año Nuevo!

Manel Vicente Espliguero

Paisajista