“… Pero más maravillosa que la sabiduría de los ancianos y que la sabiduría de los libros es la sabiduría secreta del océano”. Howard Phillips Lovecraft.

Quizás sea por esta razón que nos atrae tanto la naturaleza, aquella que se extiende más allá de nuestra vida cotidiana y a la que accedemos cuando tenemos tiempo o vemos la necesidad de una desconexión para recuperar la armonía de nuestro espíritu o simplemente nuestra salud física. Y en un momento de receso, como las vacaciones, siempre la queremos recuperar.

 

La Naturaleza nos sobrevuela, nos impresiona y nos atempera

En 1713 George Berkeley filosofando sobre la belleza escribió:

“Mira a tu alrededor. ¿No están los campos cubiertos de un delicioso verde?, ¿no hay algo en los bosques y en los valles, en los ríos y en las fuentes claras que deleita, recrea y entusiasma el alma?, ¿no se llena nuestra mente de un placentero horror a la vista del océano profundo e inmenso, o de cualquier enorme montaña cuya cima se pierde en las nubes, o de una antigua selva tenebrosa? (…)” ¡Qué espontáneo es el placer de contemplar las bellezas naturales de la tierra!

Aunque estas palabras fueron escritas en el apogeo de la idea de lo sublime del siglo XVII y la entrada del romanticismo, no han pasado de moda. Después, lo sublime derivó en aquello que provoca terror y sorpresa y así los filósofos definieron la belleza como el interés de lo que perturba. “El encanto de las tinieblas, de lo que desconocemos”.

 

El poder de atracción de la Naturaleza

Nos ilusiona llegar a la cima de una montaña que no será fácil, que nos exigirá un esfuerzo, un planteamiento, un riesgo, que no es una meta inmediata y que requiere un equipo, unos medios, un calzado, una previsión de abrigo, cuerdas, crampones, alimentación, orientación, incluso nociones de meteorología, una temporalización… Nos exige, también, una actitud: saber renunciar si no puede ser.

No soy pescador, pero algo parecido debe ser el salir a pescar con caña o a bucear en el mar. Adentrarse en un mundo poco conocido, superar inseguridades, nadar en un medio ajeno, que puede volverse peligroso ante un cambio climatológico. Igual que en la montaña, la naturaleza marina exige una preparación y una actitud: vencerse o exigirse en cada inmersión, calcular los tiempos, saber esperar y retornar, forzar, pero dentro de unos márgenes, no arriesgarse sin más.

 

El desafío y la belleza de la Naturaleza es parte de nuestro ser

La montaña, el bosque, el río, el mar, además de causar admiración y contemplación también nos plantean desafíos y nos tantean, es el encanto de llegar más allá o de conocer cuál es el límite. Nuestra búsqueda de la naturaleza es muy humana, muy propia, tiene que ver con nosotros mismos, con lo que somos (que también somos naturaleza), con la celebración de la vida, con nuestro enriquecimiento personal y nuestra capacidad, con la necesidad de comunicarnos y de participar a otros de nuestras experiencias, logros y mejoras.

 

La Naturaleza, la esperanza al final de la oscuridad

“He visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

Creo que todos recordamos estas palabras, la reflexión final de la película ‘Blade Runner’ de Ridley Scott con un jovencísimo Harrison Ford. Después de horas de oscuridad, lluvia y atmósfera asfixiante, el director nos regala, en sus últimos fotogramas, un abrirse de la pantalla a unos bosques verdes y vírgenes de calma y esperanza.

Y es que tras el esfuerzo y, sobre todo, el amor del protagonista superando retos y traspasando barreras impensables, el director le permite iniciar una nueva vida mucho más feliz en el paraíso de una naturaleza descontaminada.

 

El goce de la Naturaleza encapsulado en un jardín

Nuestras escapadas a la naturaleza gozando de ella de múltiples maneras, adaptadas a nuestras circunstancias, edades, condiciones, gustos y compartidas con los que amamos, se abre a múltiples experiencias y sentimientos, muy difíciles de explicar y de concretar, como pasa con nuestras sensaciones más íntimas.

Son estos gozos o pedacitos de felicidad los que nos queremos llevar a casa, incorporarlos a nuestra realidad para recordarlos durante nuestras jornadas diarias. Por eso tenemos y cuidamos de nuestros verdes más cercanos, de nuestras terrazas, jardines particulares y de parques comunales o públicos. Necesitamos este verde más inmediato.

 

La Naturaleza es coherente, y nosotros como parte de ella, tenemos que serlo

Ya en 1771, en un ensayo sobre el éxito del jardín moderno, Walpole dijo que el principio motivador está en secundar la naturaleza y en esconder el artificio del hombre, de su actividad y en dejar aflorar el arte que la naturaleza esconde.

En aquel momento lo humano era considerado negativo, artificial, pero hoy nuestra visión es mucho más positiva, estamos superando el concepto talibán del ecologismo integrista. Actualmente podemos buscar sinergias y complicidades con la naturaleza, respetar nuestros espacios más salvajes e indómitos, tanto in situ como desde la distancia de nuestro comportamiento diario. Por eso, no se entiende una persona que no abandona una cáscara de plátano en una cima pero que, sin embargo, en casa no repara en el gasto del agua de una bañera.

La coherencia a nivel personal es una actitud o un valor en el que crecer: el cuidado y respeto por la naturaleza debe extenderse en muchos aspectos de nuestra vida cotidiana. En la encíclica ‘Laudatio si’ del Papa Bergoglio encontraremos multitud de aplicaciones y de campos para insistir.

 

Manel Vicente Espliguero
Paisajista